Impresiones Personales con Edison
Thomas Alva Edison y Mario J. Carrau

Accediendo gustoso a la amable invitación formulada por el Ing. Pittamiglio para que, en representación de los inventores uruguayos, hablara en este acto de homenaje a Edison de mis entrevistas con el sabio inventor, trataré de cumplir, tan fielmente como me sea posible con este honroso cometido.

En diciembre de 1924, después de una permanencia de 16 meses en Estados Unidos, me encontraba en Nueva York, pronto para embarcarme de regreso a la patria.

Siempre había sido para mí un verdadero sueño ver a Edison, a quien, aunque no conocía personalmente, conocía al través de las numerosas biografías publicadas.

Así pues, pocos días antes de embarcarme, consulté, aunque sin gran esperanza, los trámites del caso con personas de mi relación. Hablé al respecto con mi estimado amigo don José Richling, Cónsul General del Uruguay en Estados Unidos, quien no me ocultó su pesimismo, dado que él tambien hacía como un mes deseaba verlo sin haberlo podido conseguir. Richling me aconsejó le escribiese a Edison pidiéndole la ansiada entrevista y mencionándole los asuntos de que iba a hablarle. Agregaba además en la misiva que el 13 de diciembre me embarcaba para Montevideo.

La contestación no se hizo esperar, y a los pocos días recibía la respuesta. Encerraba ya esta un gran honor de por sí, pues Edison me daba dos días distintos de mañana o de tarde a mi elección, para conversar con él.

Profundamente grato a este primer testimonio de simpatía del sabio inventor, fui a verlo en hora conveniente para él, el 11 de diciembre de 1924.

El viaje del centro de Nueva York hasta la residencia del inventor, distante unos 20 kilómetros, es bastante complicado. Hay que atravesar el río Hudson, comunmente por el subterráneo o por el ferrocarril, y luego de llegar a la ciudad o suburbio de Orange situado en el vecino estado de Nueva Jersey, tomar otro medio de locomoción hasta la residencia situada al oeste de Orange.

Una vez en esa localidad tomé un taxi que me dejó a los pocos minutos frente a la verja del parque donde están situados los famosos laboratorios. Era un día gris y frío, caían chispitas nevadas casi imperceptibles, las ricas residencias y jardines de West Orange desfilaban ante mis ojos. En medio de las boca - calles de las principales avenidas había unos postes indicadores. Dichos postes tenían la particularidad de no poder ser arrancados ni quebrados en caso de ser chocados por algún vehículo. No estaban clavados en el pavimento sino que descansaban simplemente sobre él, teniendo por base una esfera, de tal modo contrapesada, que el poste se mantenía siempre vertical. Si se le inclinaba, no tardaba éste en volver nuevamente a su posición de equilibrio. Más adelante, en un parque cercano, se veía a la intemperie, una antigua ametralladora del tiempo de la guerra civil, con una inscripción explicativa.

La residencia de Edison queda calle por medio de la fábrica y laboratorio y está situada en el Parque Llewellyn. Tiene dos entradas, y en ellas hay un letrero que dice: "Sólo se permite la entrada a los residentes e invitados. El parque está cerrado los domingos y días de fiesta."

Apenas se había detenido mi auto frente a la verja cuando reconocí a Edison en un anciano que atravesaba los corredores y pasaba por uno de los jardines de la fábrica. A pesar de su edad caminaba con la firmeza de un jóven.

Pasé primero por una habitación con paredes de hierro y cristal, semejante a un invernáculo, donde según instrucciones de la carta, debía preguntar por el ayudante de Edison: Mr. Meadowcroft, un anciano enjuto de cabello plateado. Este caballero me hizo pasar al edificio principal del establecimiento en un pequeño salón de espera situado próximo a la biblioteca del inventor. Largo rato esperé en dicho salón y el sabio cruzó repetidas veces sin mirar frente a la puerta del mismo. Había allí una mesa en el centro, varias sillas, cuadros en la pared, un lavabo tras un biombo, un armario metálico, etc. Uno de los cuadros representaba a Edison en su adolescencia. Otro era un regalo de una Sociedad de Industriales y decía lo siguiente: "Al señor Edison se le considera como el inventor mayor del mundo. Continuamente ensaya nuevas ideas. Por sus esfuerzos la vida se ha hecho más agradable para todos nosotros. Algunos de sus más notables inventos son: la luz eléctrica, el fonógrafo, el cinematógrafo y métodos para fabricar cemento."

Otro cuadro era un consejo de Edison para los jóvenes. Decía: "Sed industriosos. Si yo fuera a arriesgar un aserto sobre lo que los jóvenes debieran hacer para evitar las tentaciones, sería el que se buscasen una ocupación y que trabajasen en ella con tanto ahínco que las tentaciones no existieran para ellos."

El sabio me había dado hora de 2 a 4, pero hacía rato que el plazo había pasado y aún estaba esperando. No debía sin embargo extrañarme por esto pues Edison no usaba reloj.

Luego de larga espera que se me prolongaba con la natural impaciencia, vino Mr. Meadowcroft, el bondadoso y escrupuloso anciano de cabellos de plata, el auxiliar de Edison, y me hizo pasar a la biblioteca de este. Observando la vasta habitación, reconocí enseguida el gran reloj y la chimenea característicos de ese aposento ya célebre por ser el seminario de las estupendas creaciones de Edison. El inventor estaba allí de pie esperándome al lado de su escritorio. Despues de saludarlo y estrechar su mano, me dio asiento al lado de su mesa de trabajo. Era Edison de estatura media, de constitución robusta, tenía la cara un tanto rojiza; las cejas pobladas y ensortijadas de color gris contrastaban con sus cabellos enteramente blancos, la frente vasta y hermosa con el ceño un tanto fruncido a pesar de su bondadosa expresión, los ojos claros de pupila pequeña, la nariz perfecta, las orejas más bien grandes y de boca firme.
Si fuera a comparar a Edison con algún personaje de nuestro ambiente, diría que se parecía un tanto a mi ilustre tío el finado Monseñor Isasa.

A causa de su sordera, el ayudante le comunicaba mis preguntas a gritos junto a su oído, formando una bocina con sus manos, mientras Edison enderezaba el pabellón de la oreja con su mano derecha. Nunca había creído que su sordera fuera tanta; y en cierta ocasión, hallándose Edison de espaldas, no me oyó, a pesar de gritarle con todas mis fuerzas.

Siempre había supuesto que la voz de Edison sería gruesa, pero enseguida noté que su voz era fina, lo que contrastaba con su robusto físico. Me habló en primer término del gran diario argentino "La Prensa" de Buenos Aires, que conoce y admira en su potencialidad moderna. Luego pasamos a conversar ligeramente sobre la historia de estos países. Tiene referencias curiosas acerca del tirano Francia, del Paraguay.

Luego hablando del aspecto de progreso de estos países, Edison me dio una impresión sobre la arquitectura rioplatense. Díjome que le parecía por los frecuentes grabados de monumentos antiguos y modernos de estas regiones que, a su parecer, la arquitectura clásica predominaba en nuestras construcciones.

Refiriéndose a las cuestiones étnicas que lo mismo se plantean allí como en sud América, me dijo que aquí debían hacer como en Estados Unidos en donde la población se compone de razas de todo el mundo, y que sería de desear que aquí hubiera más cruza anglo - sajona para que estos países progresaran más.

Díjele enseguida que había leído varias apreciaciones suyas acerca del helicóptero, y le pregunté qué pensaba de ese nuevo medio de locomoción aérea. Entonces Edison, en pocas palabras, reveló los principios básicos que gobiernan la construcción de un helicóptero. Dijo que este aparato modernísimo debía tener dos grandes hélices de eje vertical, bien separadas una de otra, y de girar lento; y que el porvenir del vuelo estaba cifrado en máquinas que pudiesen remontarse y descender verticalmente en un espacio reducido; como lo es por ejemplo el autogiro del inventor español La Cierva.

Ya prolongándose la "lección" del sabio, le interrogué si había estado alguna vez en Sud América. Me contestó que no. Díjele si le gustaría venir aquí y si vendría algún día. Edison poniendo alegremente sus piés sobre el escritorio a la moda yankee, díjome que lo haría cuando pudiese ir de Nueva York a Buenos Aires en wagon Pullman. "Siento verdadero interés por vuestro país, me dijo afectuosamente, y espero antes de irme del mundo visitarlo."

Foto de Edison autografiadaAntes de retirarme, me hizo el obsequio de un retrato acompañado de autógrafo. Habiéndole yo pedido me permitiese retratarlo con mi "Kodak", y como el tiempo no daba para más, debido a sus ocupaciones, me hizo el inestimable honor de citarme nuevamente para el día siguiente: 12 de diciembre.

En esta nueva entrevista con el "mago" me cupo la suerte de retratarlo con mi máquina, y luego de ser retratado yo a su lado por mano de su ayudante, dando él mismo la medida del tiempo de exposición: 4 segundos.

Terminada la entrevista, Edison se despidió cortésmente, se caló las gafas, y comenzó a leer cartas y firmar expedientes sentado en su escritorio.

Su ayudante, me dijo que el sabio iba a proseguir, apenas yo saliera, sus experimentos.

Tal es el fiel retrato de mis entrevistas con el gran inventor Yankee, sabio magno, poeta del Universo, brujo de nuestros tiempos y amigo sincero de America Latina. El es a la vez un homenaje y un acto de cordialidad a su memoria y a todo lo bueno que hay en su gran patria.

Mario J. Carrau.


Ultima actualización 07 de octubre de 2012
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